miércoles, 22 de octubre de 2014

España 2014 - Dia 02 - Llegada a Mallorca

El primero de los dos esperados reencuentros llegaba, finalmente: Lily, Luis y Martín nos esperaban en Mallorca.
La azafata logró desatascarme del pequeño espacio entre los asientos en que había quedado encajado (los vuelos de corto radio no se caracterizan por su comodidad), y bajamos ansiosos.

El aeropuerto nos recibió así:

Fuimos a retirar las valijas a la cinta indicada.

Uno de los momentos más terroríficos de un viaje en avión no es, como podría pensarse, el momento del despegue, del aterrizaje, o una zona de turbulencias severas.  En absoluto: es el momento en que la cinta de las valijas comienza a girar.  Ese terror se acrecienta en forma inversamente proporcional a la cantidad de gente que aun espera valijas, mientras las nuestras no aparecían.
  
Pues bien, el giro comenzó, salieron un montón de valijas, pero no las nuestras.  Yo comencé a hacer, mentalmente, la lista de todas las cosas que me iba a comprar con la plata que me pagaría Assist Card, pero la providencia se hizo presente, a través de un WhatsApp de Luis que señalaba que las valijas que no hicieron aduana en Madrid (las nuestras venían directamente desde Buenos Aires) llegarían (si es que llegaban) en una cinta aparte.

Fuimos a la cinta aparte, y ahí estaban.  Hicimos aduana sin problemas, y fuimos al ansiado encuentro de la familia.

Irrumpimos en la sala de espera principal del aeropuerto, con los corazones exaltados, esperando el encuentro de nuestros afectos con los brazos abiertos..., pero tuvimos que cerrarlos, porque una desavenencia logística hizo que nuestros afectos nos esperaban en otra puerta.  

Después de unos minutos aparecieron, el abrazo se materializó, y la primera mitad del viaje ya había valido la pena.


Primera foto todos juntos.



Ya felices y sonrientes, fuimos a retirar el auto alquilado. Yo había reservado en RecordGo una Berlingo o similar, por € 89- los ocho días, mas € 40- por retiro fuera de hora.  Sabía que, además, me iban a abrochar con la carga de un tanque completo a precio de agencia, es decir, algo más caro que lo normal.

La atención en el mostrador fue buena: a pesar de la hora (pasada la medianoche), estaban desbordados de clientes.  Pero la espera fue corta, y el empleado muy amable.  Me informó que como no tenían mi auto disponible, me iban a dar uno de categoría superior, sin cobrarme adicional.  Me ofreció un "5+2", es decir, con dos asientos adicionales, lo que nos permitiría viajar todos juntos en un solo auto, al contrario de lo que pensábamos que iba a pasar. Acepté gustoso por tal situación, y acepté también el seguro contra todo riesgo, por € 70- adicionales (nota mental: conviene aceptarlo siempre).

Mientras íbamos a retirar el auto, ya con la agencia cerrada, Martín se sacó esta primera foto con sus sobris.  A ninguno le costó sonreir.

El auto no era el que correspondía, por un error del empleado.  Sin embargo, nos ofreció llevarnos ese solo por el día, y mañana recibir el correcto, cosa que hicimos.

Luis (experto en automóviles), y yo (yerno de un experto en automóviles), estuvimos varios minutos (al menos 15) intentando descubrir cómo sacar el freno de mano.   Pedimos auxilio telefónico a Martín, que se había ido en su auto con Gaby y Facu.  Martín, diligentemente, le preguntó a Siri "cómo sacar el freno de mano de un Hyundai I40".  En las oficinas centrales de Apple todavía se están riendo.

Al no lograrlo, se me ocurrió una idea brillante: preguntarle al tipo de la agencia.  Vino, nos mostró y pudimos arrancar.

Mientras Gaby con Facu y Martín la pasaban mal.

Finalmente, llegamos todos a casa, y nos sacamos la primera foto en nuestro nuevo hogar, estrenando Monopod.

Después de 48 horas casi sin dormir, fue fácil desmayarnos en los colchones inflables que Martín nos había preparado en su departamento.

El colchón inflable matrimonial que compartí con Gaby me hizo notar que, cuando ella se acostaba a mi lado, yo me sentía más cerca de la gloria, del cielo, como elevado.  En verdad, por contrapeso, yo quedaba a pocos centímetros del techo cuando ella se acostaba, motivo por el cuál, por primera vez desde que nos conocimos, dormimos en colchones separados.

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