Llegamos a Madrid, con casi 40 minutos de adelanto.
Este fue el que nos trajo:
Este fue el que nos trajo:
Bajamos medio boleados, habiendo dormido muy poco.
(Nota mental: en lo posible, para los vuelos de largo radio, elegir horarios nocturnos)
Al entrar a la terminal, me invadió una sensación indescriptible. Sin embargo, la voy a describir: estaba pisando suelo europeo por primera vez en mi vida! Fue una sensación única e irrepetible, ya nunca más voy a volver a pisar suelo europeo por primera vez en mi vida.
Nos dirigimos a migraciones, donde un discriminador cartel nos separaba en "pasajeros con pasaporte UE", y "Todos los demás". Sin cola, fuimos a la cabina del empleado de migraciones, con quién mantuvimos este maravilloso diálogo:
- Empleado: Dónde se van a alojar?
- Yo: En Mallorca, en la casa de mi cuñado.
- Tienen carta de invitación?
- No, es mi cuñado, no me manda cartas, sino emails y WhatsApp.
- Pero sin carta de invitación no se puede ingresar.
Un silencio tenso y sepulcral invadió la escena. Casi podía adivinar, a mis espaldas, al resto de los pasajeros del vuelo, murmurando sobre la deportación que estaban a punto de presenciar a una familia de ilegales sudacas pugnando por acceder al primer mundo.
Con la sangre fría que me caracteriza, repasé mentalmente la lista de argumentos legales que podía esgrimir en mi defensa, y rápidamente encontré uno infalible:
- No sabía que se necesitaba una carta.
Empleado me miró con algo de desdén, y retrucó:
- Sin carta, no se puede entrar.
No me iba a dar por vencido tan fácilmente. No había viajado 10.000 Km. para que un gallego medio dormido coarte mi entrada al viejo continente. Contraataqué:
- Querés que llamemos por teléfono a mi cuñado y el te confirma la invitación?
Empleado intentó por otros rumbos:
- Tiene seguro Sheghen? -dijo casi socarronamente?
- Claro que sí! -respondí triunfante, felicitándome mentalmente por haberlo adquirido -Acatá! -y le blandí el papelucho en la cara.
Empleado se relajó un poco, confirmó que el seguro estaba en orden, y buscó el golpe de gracia:
- Me puede mostrar el pasaje de regreso?
Eso fue todo. Nos agradeció la visita con un enorme bostezo, y nos indicó que entráramos a Europa por medio de un "El siguiente!" dirigido quien me sucedía en la fila. Ahora si, estábamos en el viejo continente, sanos y salvos.
Entre lo mareados por el sueño, lo enorme y complejo del aeropuerto, y lo temprano de la hora (por lo que casi no había a quién preguntar nada), caminamos un poco, con la intención de encontrar algún banco, tanto de los que se usan para sentarse, como de los que entregan euros.
Si bien no encontramos ninguno de los dos, vimos un Starbucks muy tentador, al otro lado de un vidrio. Con mi proverbial sentido de la orientación, noté que, para llegar a él, había que bajar un piso por escalera mecánica, caminar unos cuantos pasos, y volver a subir.
El primer tramo fue sin problemas, pero al bajar de la escalera aparecimos en un salón del cuál sólo se podía salir tomando una especie de trencito subterráneo que nos llevaba hasta otra terminal del aeropuerto. Sin otra opción, subimos al tren, dejamos atrás la terminal 4S para ir a la terminal 4 (a secas). Gaby soportó estoicamente el trayecto de cinco minutos, sin manifestar en absoluto su aversión a los subterráneos. Solo fue una casualidad que bajara lívida como un papel y casi sin poder caminar.
Ya en la terminal 4, y a salvo de cualquier subte, Florchi aprovechó el primer banco que encontró, y con ayuda de un reto de nuestra parte, durmió otro poco.
(Nota mental: en lo posible, para los vuelos de largo radio, elegir horarios nocturnos)
Al entrar a la terminal, me invadió una sensación indescriptible. Sin embargo, la voy a describir: estaba pisando suelo europeo por primera vez en mi vida! Fue una sensación única e irrepetible, ya nunca más voy a volver a pisar suelo europeo por primera vez en mi vida.
Nos dirigimos a migraciones, donde un discriminador cartel nos separaba en "pasajeros con pasaporte UE", y "Todos los demás". Sin cola, fuimos a la cabina del empleado de migraciones, con quién mantuvimos este maravilloso diálogo:
- Empleado: Dónde se van a alojar?
- Yo: En Mallorca, en la casa de mi cuñado.
- Tienen carta de invitación?
- No, es mi cuñado, no me manda cartas, sino emails y WhatsApp.
- Pero sin carta de invitación no se puede ingresar.
Un silencio tenso y sepulcral invadió la escena. Casi podía adivinar, a mis espaldas, al resto de los pasajeros del vuelo, murmurando sobre la deportación que estaban a punto de presenciar a una familia de ilegales sudacas pugnando por acceder al primer mundo.
Con la sangre fría que me caracteriza, repasé mentalmente la lista de argumentos legales que podía esgrimir en mi defensa, y rápidamente encontré uno infalible:
- No sabía que se necesitaba una carta.
Empleado me miró con algo de desdén, y retrucó:
- Sin carta, no se puede entrar.
No me iba a dar por vencido tan fácilmente. No había viajado 10.000 Km. para que un gallego medio dormido coarte mi entrada al viejo continente. Contraataqué:
- Querés que llamemos por teléfono a mi cuñado y el te confirma la invitación?
Empleado intentó por otros rumbos:
- Tiene seguro Sheghen? -dijo casi socarronamente?
- Claro que sí! -respondí triunfante, felicitándome mentalmente por haberlo adquirido -Acatá! -y le blandí el papelucho en la cara.
Empleado se relajó un poco, confirmó que el seguro estaba en orden, y buscó el golpe de gracia:
- Me puede mostrar el pasaje de regreso?
Eso fue todo. Nos agradeció la visita con un enorme bostezo, y nos indicó que entráramos a Europa por medio de un "El siguiente!" dirigido quien me sucedía en la fila. Ahora si, estábamos en el viejo continente, sanos y salvos.
Entre lo mareados por el sueño, lo enorme y complejo del aeropuerto, y lo temprano de la hora (por lo que casi no había a quién preguntar nada), caminamos un poco, con la intención de encontrar algún banco, tanto de los que se usan para sentarse, como de los que entregan euros.
Si bien no encontramos ninguno de los dos, vimos un Starbucks muy tentador, al otro lado de un vidrio. Con mi proverbial sentido de la orientación, noté que, para llegar a él, había que bajar un piso por escalera mecánica, caminar unos cuantos pasos, y volver a subir.
El primer tramo fue sin problemas, pero al bajar de la escalera aparecimos en un salón del cuál sólo se podía salir tomando una especie de trencito subterráneo que nos llevaba hasta otra terminal del aeropuerto. Sin otra opción, subimos al tren, dejamos atrás la terminal 4S para ir a la terminal 4 (a secas). Gaby soportó estoicamente el trayecto de cinco minutos, sin manifestar en absoluto su aversión a los subterráneos. Solo fue una casualidad que bajara lívida como un papel y casi sin poder caminar.
Con algo de miedo, hice mi primera incursión en un cajero automático, con la intención de obtener algunos billetes de Euro: puse la tarjeta, puse el código, elegí el importe, la pantalla me dió el OK de la operación, el ticket y la tarjeta..., pero no el dinero! Pánico! Acababa de perder € 240- por un cajero automático en mal funcionamiento?!?
Mientras maldecía mi suerte en varios idiomas europeos, el ATM se compadeció de mi, y casi socarronamente me entregó los billetes. Comprendí entonces que la mecánica de esos Banelcos es distinta: recién después de retirar la tarjeta sale el dinero.
Finalmente, juntamos coraje y decidimos irnos al centro de Madrid a comenzar nuestro city tour.
Mientras maldecía mi suerte en varios idiomas europeos, el ATM se compadeció de mi, y casi socarronamente me entregó los billetes. Comprendí entonces que la mecánica de esos Banelcos es distinta: recién después de retirar la tarjeta sale el dinero.
Finalmente, juntamos coraje y decidimos irnos al centro de Madrid a comenzar nuestro city tour.
Por € 5,90- cada adulto (niños gratis) tomamos un bondi (los famosos AeroBus) hasta el centro de Madrid. Nuestro destino era la Plaza Cibeles, desde la que salía el bus turístico que pensábamos tomar. Por un choque en la autopista, el trayecto duró el doble de los 45 minutos previstos, pero no nos importó, porque aún era temprano: el primer bus salía a las 9:00, y aún no eran las 8:00.
Llegamos a Plaza Cibeles, y sacamos nuestras primeras fotos en la capital española.
Subimos al bus turístico de la empresa "Madrid City Tour", previo pago de los € 53- por familia, e hicimos la primera parada "técnica": comprar un simcard 3G para mi. Lo hicimos en "El corte inglés". Un chip Vodafone de 1.5Gb por 30 días, por € 10. Maravilloso: conexión con el mundo nuevamente.
Ya vueltos al bus, que estaba casi vació, la parada siguiente, a pedido de Facu, fue en el Santiago Bernabéu.
Seguimos paseando. Plaza central de Madrid: Puerta del Sol. Bello lugar.
Entré, por primera vez en mi vida, a un Apple Store de verdad: el Apple Store "Puerta del sol". Experiencia interesante, aunque como el iPhone 6 llegaba recién en dos días, no había esa locura que suele poblar los Apple Store, llenos de ridículos y desquiciados despojos humanos, capaces de hacer cualquier cosa por un simple telefonito, dispuestos a hacer hora de cola desafiando las inclemencias de tiempo por un simple objeto electrónico carente de toda gracia.
Retomamos nuestro bus turístico, y seguimos paseando.
Vimos limpiavidrios que cobran en Euros.
Fuentes y más fuentes madrileñas. Madrid tiene muchas fuentes, lindas, bien cuidadas, y vistosas.
Flor optó por meditar nuevamente sobre los paisajes madrileños.
Finalmente, el Palacio Real.
Aquí un video del paseo:
Vuelta al aeropuerto, y a despegar rumbo al primer destino esperado del viaje: Mallorca.
Esta vez, el avión era más modesto, menos cómodo, más rústico, y algo menos vistoso: es lo que, turísticamente, se denomina "una mierda". Pero como el viaje era corto (apenas una hora), y la ansiedad era enorme, casi no me importó que la falta de espacio me hiciera tener las rodillas contra el mentón durante todo el vuelo.
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