Nos aprovisionamos concienzudamente: varias docenas de sandwiches de pan lactal sin corteza, cientos de litros de agua, y algunas golosinas.
Así, partimos rumbo a Valldemosa, un bello pueblito al oeste de la isla.
Más de mis callejuelas favoritas. (Nota mental: en el próximo viaje destinar tiempo especialmente a caminarlas)
Antes de irnos, y siguiendo una costumbre del lugar (cuyo significado ignoramos), le sacamos los mocardos a Frederick Chopin.
Nuestro siguiente destino fue Puerto de Soller, un pueblito con playa, de agua no muy linda, de arena más bien feúcha, pero de lindísimas laderas con casitas.
Por primera vez en nuestra vida, Flor, Facu y yo metimos las patas en las aguas del Mar Mediterráneo, motivo por el cuál fue rebautizado como "Mar Mediterroña".
Retomamos el viaje, y sin demasiadas esperanzas, intentamos encontrar el Faro Cap Gros. Después de algunas indicaciones viales confusas, llegamos a mi parque de diversiones personal: los caminos de cornisa con autos alquilados. La camionetita se la bancó bien, y pudimos llegar arriba de todo, desde dónde gozamos unas espléndidas vistas de la bahía.
Padre e hija leen atentamente la historia sobre la construcción del faro.
Martín, Facu y yo subimos aún más alto, con la intención de nivelar nuestra hidratación. Queríamos verificar la teoría según la cual, si se piya desde lo alto del camino, el orín llega hasta la playa. Fue una de las piyadas más vistosas que se recuerden.
Florchi recuerda que su mama la mima.
El último paseo del día fue a Fornalutx (léase "fornaluch"). Un pueblito raro, que a, algunos de nosotros, nos dió una sensación de impostura, como si el pueblito hubiera sido fabricado viejo a propósito, no en forma auténtica.
Nuestra mundana y materialista duda fue: "Cómo harán para subir las bolsas del supermercado cada vez, con tantas escaleras?"
También confirmamos el motivo por el cuál las veredas están limpias.
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